Quería escribir algo bonito, quería decir de la mariposa que flotaba por encima de los fresones del huerto, por debajo de las parras que plantaban la sombra para ella y para nosotros los que miramos, todo sombra refrescante y quería escribir algo bonito sentado en la mesita de patas chuecas bajo los fresones, junto a ella revoloteando en mi oreja izquierda, una mesa de metal, sentarme adormilado con los ojos hacia dentro y los dedos intentando asir sus alas, pero era demasiado, palabra, quería de verdad escribirle algo bonito a los truenos que caen como si dijesen ¡realidad! en cada tormenta de verano que nos empapa las calles (pero era de noche y en la casa alguien enchufó el gramófono que siempre había estado muerto y sonaron los cascabeles, sonaron las charcas donde las ranas morían de tuberculosis sin crujidos ni croares de desesperación (son puro silencio) y sonaron las trompetas del cordero en la colina y el diminuto piano de juguete que anuncia la aparición): todos eran calaveras los que allí estaban de pie contemplando la mariposa verde en el huerto, todos huesos y todo la consternación de un momento, ¡decide!, ¡muere!, y cada personaje se movía de forma tan diferente en la condensación de las voces, sí, todos hablaban con los dientes llenos de legumbres pasadas, todos movían las cuencas y las mandíbulas batientes en huesos de exposición: las voces eran todos rayos de tormenta y un galeón que llevaba la magia a la única isla donde podía residir la realidad, crujidos en la basura, el enganche que faltaba del broche de un mercader que vendía almas a cambio de chicles de fresa (y los recogía apenas con dos dedos estirando al otro lado del mostrador, casi con miedo, casi como si el chicle fuese la vida y al otro lado estuviesen todos los cadáveres que le esperarían al final), y ellos seguían mirando en el huerto los fresones o las enredaderas que vertían desde el fondo de la tierra una savia desconocida y ácida que se lo tragaba todo, musgo, plantación, las parras eran de acero y el toldo lo compró alguien de la casa en un mercadillo, y en la casa seguía sonando el gramófono de ánimas que carburan la providencia, cada daimon que se aparece en la oreja al susurrar tu destino, ellos, cada voz que aparecía por detrás para plantarse por delante (¿dónde estaba yo?, ¿desde dónde podía decir esto si no era en la muerte, sentado a sus lados, acariciando las calaveras que eran mi sostén y mi precipicio en la tierra?), y quería, palabra, escribir versos alegres para Long John y la familia Incandenza, para el pobre Tyrone Slothrop y su amigo Hans de la mano Castorp, que todo lo anegaba en la plaza de adoquines negros con su vómito salpica-salchichas, pero dónde quedaba eso, fuera del huerto, seguro, lejos de la mariposa posada en el sombrero y la pluma azul del nieto de Hamlet, en las manos de las voces que miraban a los setos y exclamaban versos jámbicos y casi olvidados en el cajón de las nubes, moviéndose entre las flores como torbellinos de arena, y se preguntaban, todos, a cada rato, qué rey fue el de su tragedia, qué pesos cayeron sobre el burlón y sus ninfas, dónde murió el gordo Wells para acompañarlos a todos por el camino de las muchachas de calzones caídos.
Cuando todos se iban, alguien mató al gramófono, a lo mejor porque el enchufe estorbaba el paso de la fregona por la cocina. Cuando todos se iban, las luces se fueron del lugar, la mariposa estaba en otro mundo, los rayos no caían porque las tormentas de verano son sueños que se mueren por salir y yo no dejaba de preguntarme si entrar en la casa era el mismo segundo cuerpo de hueso y estiércol que sentía todo el rato por debajo de mí, tumbado sobre un césped brillante, acariciando la frente de una muchacha sucia y despistada que sonreía sin fin.
Recién llegado me siento en los tejados para mirar una estrella que sea nave y vague por el desierto, una estrella que palpe, que confluya con mi dedo al aire que llegar al punto que existen, ¡si no hay ninguna!, y sólo luces rojas que parpadean en las torres de los rascacielos, ruido de una papelera rota ahí abajo, un perro que ladra en la terraza cerrada de su mundo, el movimiento de los coches que zumban en la avenida todos con las ventanillas tintadas. Cómo se siente todo, como si en realidad nada estuviese ocurriendo salvo el dedo que sujeta un cigarrillo y la brasa que lo consume caminando por la acera, de espaldas, el juego que un niño saca al patio y desdobla en millones de partes con millones de casillas extendidas en baldosas rotas, las canicas que bordean el tablero y en realidad siempre se tarda mucho en explicar cómo jugar y para qué sirven las pistolas, el juego de las luces en los semáforos que tienden a un intervalo de no-repetición, ¿dónde estamos todos?, el invernadero en el desierto, la capa de desintoxicación y se me olvida siempre subirme la botella de tequila, en los tejados, para sorber con este aire cargado de violaciones en las callejas a donde no llega la guardia real.
Bragas rotas en desagües.
Un hilillo de baba cayendo desde lo alto de una farola.
Los perros se masturban en los vertederos del río y ya no hay (o nunca ha habido) volcanes entre la niebla, se extinguieron en las dunas y ya nadie mira con recelo, el humo se escinde, los tejados crujen y dos palomas me observan como si yo fuese el pan y ellas la muerte, y si tuviese el tequila lo bebía con vosotras para estamparlo como puñales en la boca del señor pero en realidad es muy oscura la avenida, en realidad no hay mujeres que se abran de patas a estas horas de la noche, sobre la hierba de algún parque (virgen), con las hebras a flor de piel y un espacio (un hueco) que una sus labios de la noche con la realidad que se oculta detrás del espasmo, la boca que se abre hacia la llama, la madriguera de una urbe cerrada que come con los ojos agrietados, dónde estoy en verdad si no quiero conocer nada, si en realidad no quiero saber lo que ellos pueden decirme si no se aparecen como tragaperras en el casino replicando la beldad de una fiesta, ¡tin tin tin!, y me falta el tequila y cierro los ojos ante una paloma que se asoma a mi regazo y quiere morder, pues muerde, muerde aunque yo cierre los ojos y la mujer de Verde con los Ojos descalzos me abra la semilla de un paraguas, entremos, salta al río, buceo, y ella delante de mí agita los pies como un delfín que sacude entre las corrientes y con cada dedo del pie se vislumbra la pepita de entre sus piernas que al salir del agua me regala con una sonrisa, ven, sal del río me dice, húndete en la hierba de la ribera, mece las hojas de alrededor con el sonido de una selva que no existe, pero que puede existir, besa mis pecas me dice (beso su ombligo, beso su sudor que se araña en los sobacos del mundo, pero sabe a seco, ¿también aquí el desierto agrieta la piel blanca de una dama?), no tengo crema hidratante me dice, y todo se diluye y son mis dedos que también me traicionan porque en el fondo (en la superficie) la paloma se ha comido mis uñas y ahora va hacia los cartílagos y al nudillo y veo que quiere mis ojos también, pero puedo aguantar, sentado en los tejados, el tequila aparece y puedo aguantar con el tapón, bebe, Julia de los Ojos Verdes, sorbe conmigo, aguantemos juntos donde sea que te escondas de las dunas del desierto que te salan la piel.
Se movían las hojas los pinos los árboles del bosque que veía desde la ventana y donde iba colocando según caían los cuerpos de los pájaros muertos que chocaban contra el hormigón la pared las radios y estuches de prensa que se amontonaban como cuchillas en los goznes del edificio. Los pájaros muertos también miran el bosque. Los pájaros muertos sonríen y guiñan el ojo cuando pasa una chica bonita en pantalones vaqueros. Los pájaros muertos hablan entre ellos en el idioma de las hojas, y cada vez son más, y el lenguaje se vuelve imposible, y las palabras son estrellas que salen por la noche para alumbrar sus plumas evaporadas.
Los pájaros muertos miraban los pinos arrebujarse bajo la brisa balanceándose por detrás por delante, en un baile que parecía programado para todos nosotros. Ey, pero ellos no querían compartir el piti que yo había encendido, los pájaros sólo querían seguir mirando, seguir sonriendo, eternidad entendida desde un punto quisquilloso, pero quién era yo para decirles nada, yo sólo era una mano, un par de dedos amistosos (intentando) que les recogían en sus caídas y les colocaba sus cabezas con cuidado sobre almohadas de papel, kleenex, tampones usados que encontraba por la calle, ¡quién iba a querer más!, las cosas se apilan unas sobre otras, igual que en la ventana a veces coloco una piedra amarillenta o las colillas de los pitis o los trozos salteados de una lechuga que ayer comí, sólo para ver sus reacciones, para verlos oler el gusano que asciende por la manzana y sonreír con un pico torcido a la señora de la limpieza que agita el carro allá abajo por la calle, para verlos palmear la piedra y abrir el corazón de una patata que ennegrecía su piel saliendo hijos y nietos verdes amarillos como brotes de más brotes sin parar. Los pájaros parecían entender algo y yo no entendía nada salvo que los pinos se agitan cuando sopla el viento y que, detrás de ellos, detrás de ahí, de la brisa y la luna que cuelga de una cuerda como un yoyó universal, hay algo que no comprendo, algo a lo que canto cuando despierto con las manos del revés y los sueños como braguetas que se suben y se bajan muy rápido y muy lento sin llegar a ver qué minga se esconde ahí detrás. Sí, los pájaros entendían que la piedra estaba ahí, que la patata crecía y que sus cuellos se habían partido al chocar, que el hormigón era la muralla de la ciudad y ahí ellos quedaban, prendidos, prendados, cuidando sus patas, lamiendo el nectar que se había escapado en el rocío de la mañana. Los pájaros entendían que no se puede mirar al sol de tú a tú porque él no es nadie, porque él es distancia y los pájaros no sabían de matemáticas ni el número pi, y sólo sabían que él estaba lejos y mis manos que acurrucaban sus patas estaban cerca. Los pájaros entendían que el gusano era un amigo que entendía el más allá, cómo va eso, nadie habla como ellos cuando tienen hambre y uno coloca un platito de manís a su lado para empezar los aperitivos (un vermut, dos cervezas, los pájaros podían beber sin parar y nunca se cansaban), y el gusano sacaba el periódico y todos hacían juntos los crucigramas antes del trabajo, antes de la noche y la continuación. Los pájaros entendían que para ver detrás de las nubes, detrás de los pinos que se agitaban con la brisa y la cuerda del yo-yo (¿tú?), había que volar como ellos y subir y bajar en loops y montañas rusas que las corrientes creaban para ellos como un portal hacia la diferencia, el idioma de las hojas era eso al fin y al cabo aunque cuesta mucho descubrirlo cuando lo único que tienes son dedos para agitar acariciando los picos que no hablan y lo dicen todo.
Los pájaros entendían que yo no entendía nada, por eso eran amables, a veces, silenciosos otras, cuando el camión de basura pasaba por abajo y la ciudad se extendía ruidosa con sus mañanas y panaderos y quioscos que abrían con montones de periódicos apilados en esfuerzo, y más más más, silenciosos entonces, entornando un párpado que miraba brillante la sirena de la ambulancia hasta que el polvo se acumulaba y mis manos sacudían los plumeros de las cabezas y entonces empezaban, vibrando, sonando, volando las palabras y las hojas acaudaladas que a veces el viento les traía para hacerles compañía. Ellos sabían que yo no entendía nada, por eso esperaron a que me levantase la mañana para partir, cuando, con los dedos del revés y la bragueta abierta bien vista, los vi saltar del borde de la ventana y echar a volar por encima de los pinos con sus alas raquíticas y sus cuellos aplastados. Todos volaban más alto según piaba el sol, y el sol no entendía nada porque ya estaban muy lejos, y los pájaros se perdieron en bandada con un guiño que parecía un reflejo, una mano, un saludo, un anillo entornado en las puertas de las nubes, y me paré un instante inclinado en el quicio de la ventana casi a punto de saltar también, porque, de sopetón, había un algo, o un poquito, un pico que ascendía de la bragueta, que me parecía entender.
Sujeto:Dupree Bolton Descripción:Negro Más Descripción:Negro como un fantasma. Instrumento:Trompeta. Historia: No se conoce y ni siquiera se inventa, le llaman el fantasma porque habita en las sombras y toca desde ellas, con quejidos y lamentos como gritos de atención al carcelero que le trae un sándwich vegetal. Cuenta historias a los niños que se acercan a las calles con piedras y canicas, historias de la noche y de las anfetaminas que la hicieron caer los ojos de sonámbulo, historias del viejo desierto donde su abuelo cultivaba maíz y él comía mazorcas viendo un atardecer marrón sobre las cercas, antes, claro, de ser él mismo el atardecer que caía por detrás de los niños como mostaza bañando la luz en una esquina de una calle perdida en Frisco. ¿Dónde aprendió? Tocaba con las manos al aire entre las rejas donde los demás jugaban al básquet y él sólo juega con sus dedos invisibles y las notas invisibles, con su cabeza ladeada mascando chicle, ajustando el sonido al aire que no sonaba. En realidad no tocaba en la cárcel del condado, su trompeta estaba entre hipopótamos y lianas, en un pantano ocre, en un cielo azul en las mazorcas de su abuelo; su trompeta estaba en los dedos y en las uñas y las cutículas de las que cuelgan restos de carbón como si arañase el aire para escuchar los sostenidos y bemoles que se cuelan entre los muros de hormigón. Colega, pásate un pitillo, en realidad le pide la afinación, que el guardia alarga como una serpiente o un cuchillo que traspasa las barreras y se cuela entre sus ojos igual que la palabra se cuela entre sus notas como si dijese, ¡estoy aquí, estoy aquí!, ¡soy Dupree el mago! Ya nadie le escucha y se arrastra por las calles de Frisco recogiendo colillas del suelo, buscando una cerilla quemada hasta la mitad, topándose a veces con otras nucas que, también agachadas, rebuscaban entre las rendijas del suelo para llegar a un piti completo, caras Beat caras Hip, caras Slim, que le sonreían desde las fosas y le decían, ¿puedes?, sentándose en una esquina donde Dupree les tocaba el solo de las nubes frondidas mientras el otro soltaba, ¡SÍ!, ¡vamos!, ¡LO tienes, LO tienes colega! Pero sólo los locos se conocen. Sólo los perros se lamen entre ellos las heridas de la yugular. El desierto está en la calle cuando eres invisible. Las manos no llegan a dejar monedas. Los cigarrillos se consumen aplastados por zapatos de tacón. Tu sitio son alcantarillas. Tu saco son las nubes. La pastilla de jabón es una nota perdida con la que te lavas los ojos cada mañana, Dupree, para despertar y ver la jungla con sus lianas y sus cárceles de hipopótamos donde cada uno como de una mazorca más grande aún. Discos: "Katanga", "The Fox" DESCARGAR
Siempre hay una melodía, por detrás, oculta casi
indescriptible que se menea por los parques junto a muchas hojas que revolotean
en círculos por el aire y flotan y se atusan las unas a las otras los sobacos
estrellados de sus ocres tallos, cantando; una melodía por detrás de las
tiendas de licores y los quioscos que abren cada amanecer gris caído, por
detrás de los obreros que lanzan piedras al infinito más allá del precipicio y
luego beben enjutos en la barra de un bar donde alguien pide pelea y todos las dan
en las esquinas de los meaderos, la melodía, sí sí, dónde está, la veo cuando pasan por el
parque las muñecas de sostenes rojos agitando faldas y tacones que apenas
cubren dos palmos de sueño, oh sí nena eres mi sueño y eres mi piedad, la
melodía está en tus piernas y la felicidad son tus dedos cuando rebotan en el
tablero, ¿un básquet?, en la melodía cabe todo, en la melodía caben hasta los
culos más gordos de las chicas dulces que sonríen tímidas en la parada del
autobús, en la melodía caben melancólicos momentos de pátinas azuladas cuando
las manos se separaban en la despedida de un portal con aliento a borrachera,
en la melodía están los susurros de la muerte que se alargan entre las ventanas
de rascacielos brillantes y están los brazos de la nieve que envolvían cada
ficha del parchís cuando nos sentamos bajo el sauce en aquella explanada de
polvo blanco y jugamos horas silbando lo que nos venía en gana (porque sí, la
melodía no tiene reglas, la melodía es un piano y un oboe en un rincón, una
tela de araña que te mira al cagar, los cantos de las gaviotas tontas y los
listos renacuajos que se esconden al silbar, la melodía canta, tralalalá, desde
los árboles y nadie sopla detrás de ella, nadie la escucha pero todos se
empalman al verla pasar, y un silbido, una mota, una gota de lluvia cuando
todos salen al parque con sus cestas y sus mantas de picnic y las botellas de
vino sobresaliendo de entre los pantalones; la melodía nunca llora y tiene
pezones gigantes y un par de huevos fritos que cuelgan en la alacena, tiene mayonesa
y kétchup a raudales aunque nadie los quiera y todos los deseen, tiene bigotes
persas y gatos de pandora que abren lazos de regalos escondidos y juegan con
bolitas de azafrán, tiene pelos en el culo y pajitas caribeñas con paraguas
rosados para chupar los licores mixtos que todos nos preparamos sin saber cómo
hacerlo cada noche al abrazar, tiene repeticiones anexos sincronismos
palimpsestos que se cruzan y se rozan cuando ella mueve la cama y ella va y
vuelve con los ojos del mundo que la rodean, tiene caspa y amor en las manos y
es feliz la melodía y siempre recuerda los momentos que no existen, como cuando
tú y yo nos encontramos en el borde del volcán, hace años, quizá, sonriendo,
mirando el vacío oscuro y redondo que engullía la luz allí abajo y que se
llenaba despacio, poco a poco, con la saliva que caía de nuestras bocas gota a
gota al cantar la melodía).
Acabo de verla.
Se aleja por la calle contoneando en un tacón la savia de la vida (que seguramente caiga más tarde de uno o dos pezones en su cuello como un gota a gota salino de un enfermo terminal).
Se aleja bailoteando por la acera los pómulos de sus nalgas, las condiciones de la eclosión de un huevo que siento ahora dentro de mí y giro sobre la misma idea (el mismo huevo) como una repetición de sostenidos e isósceles, repetición de esdrújulas en el paso del autobús, porque yo espero en la marquesina mientras ella se va y aunque se va de espaldas (y veo el pliegue del sostén entre sus omóplatos) puedo llegar a sentir su sonrisa entre dientes de leche, su cuerpo menudo y apretado en mallas de sartén, sus tetas que bambolean al ritmo de una marea donde la veo, sí, jugando desnuda entre las olas y revolcándose en la arena como un castillo al sol que sigue el aliento de la corriente. Todo, por dentro, gira mientras el autobús no viene y todo, en realidad, está detenido en un semáforo en rojo gigante cuando me aprieto los ojos y me meto los dedos hasta el fondo de la nariz y me siento bucear en la clara del huevo sobre el que la idea se sostiene y que tiene, en realidad y en el fondo, todas las ideas y todas las yemas posibles dedicadas a una concatenación de acontecimientos que me enlacen al deseo (al sentido), porque eso es lo que hay dentro de las cáscaras, eso es lo que tengo para ofrecerte si es que decides un detenimiento, un stop, un hombrecillo que parpadea en verde y sujetas tu máquina de escribir entre tus piernas y no, eso, no cruzas el paso de cebra sino que esperas, te detienes mirando para atrás y observas un instante a ese hombre barbudo catatónico y empalmado que espera a algo (y no sólo al bus) y quizá entonces ella no piense y sólo sienta como es nuestro deber y se instale la calma, la tranquilidad del piano al otro lado de la calle, un calvo que espera con flores, la luz que me envuelve y ya no noto el sujetador apretándome en la espalda ni esta tensión de los hombros cuando alguien mueve las llaves como si fueran cuchillos, sí, ahora el sol se aclara entre las gotas del gorrión y se abren las ventanas mientras sólo me detengo y esa señora sacude el mantel en la terraza y todas las migas caen como si fuesen confeti desde una piñata gigante, yo tengo la piñata, yo y mis manos somos la ilusión de un cuerpo y él no es el hombre que me mira, es un hombre, de la misma forma que amar a un hombre es amarlos a todos y amar el mundo que hay en un él, un beso siempre que me caiga de la cama, una caricia entre las piernas para empezar, el aire que aclare la mañana ahora que me acerco y tomo su mano y subimos por fin al autobús donde la peña es flipante y ella se me escapa de entre los dedos a causa del sudor y esta maldita mochila que me pesa, y los cuerpos de los viejos que se agolpan en la entrada de charleta con un conductor medio cegato, ey!, pero ella me espera, ella ha encontrado un hueco entre los asientos, una barra lateral donde colocar las manos, y ella y su contoneo y ella y su lapiz de sol, y ella y un labio y un ella y un manto y un tacto y una luna y un brazo y una espalda en la yema de mis dedos y un aroma de unos cabellos que se apoyan y sienten un crack, sólo uno (cualquiera y todos), de la yema del huevo cayendo en la sartén. Aleluya.
Shhhhhhhhhhhh.
Juegan en el reino de las marionetas de cartón y se mueven tan rápido que los niños no entienden, ¿dónde está el rey con la barba larga y su secuaz maligno que quiere robarle a su hija y a su reino?, los niños tampoco tienen que entender porque ellos sólo sienten soplos muy libres, ligeros y sencillos, que se esparcen entre sus nucas y sus pelillos largos y sedosos y por eso sonríen y se van o dan una voltereta para mostrar descontento. Pero aquí no hay descontento, hay baile y movimientos de mimo en la orilla del lago, hay chavales jugando hockey sobre patines y haciendo pirtuetas que saltan al aire y ¡bluf!, desaparecen en un humillo que huele a tango, también será porque alguien ha llevado el radiocassete al parque y algunos viejos se acercan a la tarima para bailar apretados todo lo que pueden, todo lo que les queda. Y, claro, lo más importante es que os imaginéis esto, los viejos y los niños y los viejos y los jóvenes que se mueven mirando de reojo las chicas que muestran más de lo que deben y menos de lo que les gustaría, que os lo imaginéis digo, como muñecos de cartón que se agitan con el aire y cobran vida. Sí, parecería que no, pero hay vida en el reino de las marionetas, una vida destartalada y un tanto psicodélica, casi de vodevil, de bar antiguo o teatro polvoriento donde las manos se juntan y salen flores de papel y una palomita que se pregunta ¿pero qué es esto?, sobre todo hay música que se mueve entre los mundos de un niño y sus dibujos en clase de plastilina, cuando con sus manos estampa cuatro flores de huella dactilar y para él son amapolas y Rodrigos y cartas del tarot que adivinan los puestos en la fila de elegir capitán cuando cualquiera de ellos querría ir en el equipo de fútbol que elija a Víctor (todo esto, sí, también, con niños y capitanes com cartulinas de cartón que se adhieren a la pelota de fútbol y gritan con las tijeras, ¡aquí aquí!). Pero no es que sea cosa de niños, o precisamene porque lo es hay que fijarse muy mucho en cosas que pasarían desapercibidas, que el estanque de cartón tiene olas que se mueven con la brisa y hay gaviotas que van de aquí para allá, tan ligeras en sus vuelos que ni siquieran necesitan de hilos transparentes que las muevan, y hay una emoción de vida soterrada detrás de cada cual (un corazoncito, que diría aquel), detrás de los arbustos dos amantes desnudos que se acurrucan después del amor y se meten las manos por cualquier hueco y cualquier abertura que les mantenga más unidos. ¡Júbilo y cartón!, ¡Júbilo al cancán en los bailes de variedades!
En el teatro todos los niños permanecen acurrucados y en el escenario las marionetas de cartón son los reflejos de lo que ellos esperan, ¿dónde estamos?, hasta ese punto juegan en ese reino que por un instante, uno piensa si es que es todo fantasía, o es que la realidad se acerca al cartón y el cartón es pura realidad, y ese tipo de alegría pura de regocijo la puedo encontrar por las noches en la tasca de la esquina, aunque sea con una o dos copitas de más, escuchando una canción de marionetas bailongas.