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jueves, 23 de enero de 2014

Dusko Goykovich - Ten to Two blues

Busco a la hija del viejo pescador, ¿puede ayudarme?
Algunos dicen que cayó de la barca porque vislumbró un cocodrilo (un coyote) entre las algas del fondo del río y se lanzó, de cabeza, detrás de todo lo que allí se podía esconder. Piedras preciosas, azafrán oloroso peces de colores fosforitos que rozaban sus muslos desnudos, sus pezones apenas cubiertos por dos piedras romas buceando hacia alguna esquina, una ribera, un estanque.
¿Quizá fue adoptada por los robles de la orillas que guardaron un espacio dentro de sus troncos para ella?
Quizá las ramas la acogieron y los peces la devoraron porque vería lo que nadie más: es peligroso, cuidado!, ¿la has visto? Quizá no sea ella, por eso la busco, quizá sólo sea otra: Otra, ¿OTRA? Cualquiera: cajeras de supermercado tienen sus ojos, la china que corta las uñas en la esquina sentada en un taburete de un sólo pie (puede ser ella, los rulos cayendo en la sien), las mujeres que aguardan en el metro la estación perdida: faldas de tubo maletines de caimán, ¿dónde te has metido? Esa chica en la sala de cine mordiéndose las uñas rabiando entre el escote una canción Agrabá me recuerda a ti y a tus sueños cuando te metías en la cama en un ovillo y decías: que vengan que vengan y enseguida te dormías esperando a los gordos cazadores de tesoros y las mujeres negras y la hoguera que aparecía vislumbrada tan sólo para ti.

La canción decía que tu padre cantaba un blues con un cigarro cogido del bigote, no había cervezas pero había expectación. La canción decía que tu padre venía de tierras lejanas como un jinete con leyendas en la espada y un huevo duro para comer, las melenas enredadas entre huesos de perros que se agarraban a su espalda para seguir la estela: tu padre era la canción, ¿verdad?
Quizá por eso te tiraste, para seguir la historia de los hilos, persiguiendo al coyote (el cocodrilo) que nadaba en un río a las afueras de la ciudad mientras el hilo de pescar seguía quieto, en calma, como suspendido, y tu padre cerraba los ojos porque eso era lo que había de suceder y estaba marcado en los pelos de su barriga desde el principio de los huevos en alta mar.
Había dos tormentas y la ciudad se sacudía con las mantas. En las calles la gente mira extraño cuando pregunto por la hija del viejo pescador, ¿dónde está, la han visto? Lleva muerta ocho siglos, idiota!!
Niego con la cabeza. No es que nunca la encontrasen, no es que su cuerpo apareciese en el interior de un oso pardo de dos metros de cola. El tiempo no pasa, dice su padre. Ella sigue siendo la misma. Y su sombra se esconde entre los árboles. Más allá de las nubes. Detrás. Bajo de las piedras del río Nim.
¿La has visto?
Lo sabrás.

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sábado, 28 de septiembre de 2013

Tete Montoliu - 1995

A él sólo le importan dos cosas en el mundo: tocar el piano con la mano cambiada y escuchar el fútbol. Por eso vive en una sala de vals, donde todos, tan bien vestidos y ataviados de disfraces y colgajos de época victoriana (tan olorosos), van dando vueltas y girando y dando vueltas en un baile de medias blancas y sonrientes por el suelo de madera mientras él, Tete, en una esquina, mueve la cabeza adelante y atrás al ritmo de sus pedales y sus dedos, al ritmo del penalti que grita la radio, imaginando patadas voladoras y rechaces a media voz, sobre todo imaginando goles por la escuadra que levantan el césped hasta dejarlo a la altura de la luna.


También es un poco cegato, y por eso le da igual si le ponen una tele en la sala de vals donde vive (él vive en el sonido), y por eso cuando una mozalbeta de corsé subido de tono y pomelos en las mejillas se le acerca para charlar de la alineación del Barça a él no le queda otra que palpar: la música se para un instante (para eso está el contrabajo) y sus dedos acarician de todo lo que se puede acariciar, y aunque a veces empiece por la nariz vaya uno a saber por dónde puede acabar! Es un momento de cierto escándalo (para está el contrabajo) y las medias se detienen y ya no hay baile ni giros y depende de la mozalbeta soltar un grito de ayuda y muerte al violador o un gritito de esos solapados que parecen salir directamente de la entrepierna, normalmente húmedos. A veces aparece un coyote por entre la sala y todos se vuelven locos venga a correr que nos come, aunque lo más normal es que Tete se desconcentre por un tiro al palo o un fuera de juego de esos difíciles que siempre acaban con una tangana de circo, y vuelva a palpar sus teclas y su pedal y sonría de lado al contrabajo (para eso está) y también sonría de espaldas al coyote, que ahora mueve la cola bailando con la mozalbeta, y todo vuelva a girar y dar vueltas y girar en esa sensación que le envuelve todo el rato: como si todo fuese muy serio y muy cómico al mismo tiempo, como si todas las cosas estuviesen pasando y todas las cosas pasasen de la misma forma y no importase realmente: no importa nada salvo seguir girando y dando vueltas y palpando y tocando sin fin.

En realidad, él vive en la sala de vals porque nada puede detenerse, porque cuando se detenga todo se detendrá y Tete ya no podrá palpar más medias ni pomelos ni teclas y caerá rendido al suelo de madera y el coyote se tumbará a su lado y aullará un último sonido que termine la canción, mientras el árbitro cuenta el descuento y los balones vuelan de un área a otra y los porteros fuman puros larguísimos esperando a que alguien pite algo, o que todo vuelva a empezar.
Algunos lo llaman el síndrome de la prórroga.
Para Tete era la belleza del arpegio.

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domingo, 28 de abril de 2013

Tete Montoliu & Jordi Sabates - Vampyria

Son dos voces, cuatro dientes, veinte dedos lentos en un ambiente pentatónico oscuro y abrigado, como si un castillo con las persianas partidas por el viento y algunas telas de terciopelo antes rojas y que ahora parecen marrones. Hay doncellas inmortalizadas en estatuas de piedra y hay escaleras que giran hasta una torre tambaleante e incluso camas de dosel con gotas de semen seco entre las sábanas. En ese castillo las puertas siempre crujen profundo y todo está cubierto por otra cosa.
Pero ellos avanzan, sin necesidad de chupar la sangre del otro para hacerlo, porque eso es lo más importante (eso es Jazz), los veinte dedos avanzan juntos preguntándose y mirándose a los ojos, esperando una pregunta y una respuesta (una continuación) y más aún: una comprensión.
Parece imposible! Se comunican!!

Y no sólo eso: abren juntos las puertas del castillo con ese paso que duda, con esa mirada que quiere decir dónde cojones estamos?, con esa emoción de recorrer un lugar inexplorado tocando las bases de piedra y las sábanas blancas llenas de polvo, olisqueando las escaleras mientras se escuchan los murmullos del viento contra las persianas partidas. Entonces uno pregunta al otro: qué te parece, qué sientes? Y ahí es donde la música comienza.


Unos dedos nunca interrumpen al otro, sino que lo continúan. Un fraseo hace avanzar a Jordi hasta la cocina, donde hay un cigarrillo larguísimo que un día dejó de quemar, y Jordi grita, mira aquí!, esto es el tiempo! Tete corre y seguro que susurra, el tiempo es mucho menos que un escarabajo porque la materia existe (o algo así, porque él es mucho de abstracción teórica, aunque le pirra el fútbol) y Jordi bufa (pero entiende, le entiende) y describe con sus dedos una gota de sangre en el suelo que parece realmente un escarabajo, y ambos deciden subir las escaleras en un momento inquietante que les detiene, porque hay sonidos que no se entienden, sonidos incomprensibles que les hacen mirarse encogiendo los hombros.
Alguno de los dos se pregunta, qué estamos haciendo aquí?
Y el otro responde, buscar.

Y ya ahí sólo les queda levantar sábanas de polvo, levantar terciopelos y armaduras medievales y trozos  de pared que parecen agujeros secretos. Y claro, seguir contándoselo al otro para que el otro siga contándotelo todo el rato, como si en vez de chupar sangre cada uno la estuviese ofreciendo (o como si en vez de chupar sangre realmente absorbiesen la energía del mundo cada vez que una frase responde a la otra, y comunica).

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