Juegan en el reino de las marionetas de cartón y se mueven tan rápido que los niños no entienden, ¿dónde está el rey con la barba larga y su secuaz maligno que quiere robarle a su hija y a su reino?, los niños tampoco tienen que entender porque ellos sólo sienten soplos muy libres, ligeros y sencillos, que se esparcen entre sus nucas y sus pelillos largos y sedosos y por eso sonríen y se van o dan una voltereta para mostrar descontento. Pero aquí no hay descontento, hay baile y movimientos de mimo en la orilla del lago, hay chavales jugando hockey sobre patines y haciendo pirtuetas que saltan al aire y ¡bluf!, desaparecen en un humillo que huele a tango, también será porque alguien ha llevado el radiocassete al parque y algunos viejos se acercan a la tarima para bailar apretados todo lo que pueden, todo lo que les queda. Y, claro, lo más importante es que os imaginéis esto, los viejos y los niños y los viejos y los jóvenes que se mueven mirando de reojo las chicas que muestran más de lo que deben y menos de lo que les gustaría, que os lo imaginéis digo, como muñecos de cartón que se agitan con el aire y cobran vida. Sí, parecería que no, pero hay vida en el reino de las marionetas, una vida destartalada y un tanto psicodélica, casi de vodevil, de bar antiguo o teatro polvoriento donde las manos se juntan y salen flores de papel y una palomita que se pregunta ¿pero qué es esto?, sobre todo hay música que se mueve entre los mundos de un niño y sus dibujos en clase de plastilina, cuando con sus manos estampa cuatro flores de huella dactilar y para él son amapolas y Rodrigos y cartas del tarot que adivinan los puestos en la fila de elegir capitán cuando cualquiera de ellos querría ir en el equipo de fútbol que elija a Víctor (todo esto, sí, también, con niños y capitanes com cartulinas de cartón que se adhieren a la pelota de fútbol y gritan con las tijeras, ¡aquí aquí!). Pero no es que sea cosa de niños, o precisamene porque lo es hay que fijarse muy mucho en cosas que pasarían desapercibidas, que el estanque de cartón tiene olas que se mueven con la brisa y hay gaviotas que van de aquí para allá, tan ligeras en sus vuelos que ni siquieran necesitan de hilos transparentes que las muevan, y hay una emoción de vida soterrada detrás de cada cual (un corazoncito, que diría aquel), detrás de los arbustos dos amantes desnudos que se acurrucan después del amor y se meten las manos por cualquier hueco y cualquier abertura que les mantenga más unidos. ¡Júbilo y cartón!, ¡Júbilo al cancán en los bailes de variedades!
En el teatro todos los niños permanecen acurrucados y en el escenario las marionetas de cartón son los reflejos de lo que ellos esperan, ¿dónde estamos?, hasta ese punto juegan en ese reino que por un instante, uno piensa si es que es todo fantasía, o es que la realidad se acerca al cartón y el cartón es pura realidad, y ese tipo de alegría pura de regocijo la puedo encontrar por las noches en la tasca de la esquina, aunque sea con una o dos copitas de más, escuchando una canción de marionetas bailongas.
DESCARGAR
martes, 11 de marzo de 2014
viernes, 21 de febrero de 2014
Gene Harris - The Gene Harris Trio plus One
Esto es éxtasis, colega.
La piel te bulle, lo que quiere decir que lo de más adentro sube y lo de más arriba baja hasta posarse: la superficie arde, SÍ!, porque en la piel cae hacia arriba y flota haca abajo. Joder, éxtasis. Y nada de drogas, por lo menos hasta aquí. Quizá alguna seta cuando bajaba el camino del bosque y había ardillas mordisqueando muy cerca, por probar, ya sabes, el regustillo que te dice: eh!, todo está conectado y no te enteras!!! Éxtasis.
Algo de eso debe ser lo que escuchas, porque las notas no están así como así puestas como si alguien que no se entera dijese: qué bien suena. Me pregunto si alguna vez esa nota tan sostenida en el aire no existió. Menuda chorrada, como decía siempre el abuelo, apoltronado en la mecedora. Supongo que para él todo era sostenido porque el humo de la pipa se le quedaba como flotando y el muy guarro a veces escupía hacia un lado como si viviese en el jardín de alguna casona colonial. Pero eso es éxtasis? Digo, pero creo que no. El flow no te sube, ya sabes, si sólo estás en la mecedora como un jodido esquimal que no caza morsas y sólo espera. Los esquimales sí tienen flow, pero no tengo ni idea de cómo llegan a tenerlo las notas. Las notas se mueven? Con estas cosas me empiezo a marear y por un momento me digo, baja al camino del bosque otra vez a ver si cazas algún alce con mirada de, eh tío, estoy perdido por el mundo, y cara un poco de bobalicón y a ver si encuentras más setas por los lados y dices, esto sí, coño, esto es éxtasis!!
Porque puede ser cualquier cosa, no? Podría serlo, el hombre del tiempo por ejemplo, tiene cara de gilipollas, pero conoce el movimiento de las nubes aunque sea por aproximación y cuando dice, toma!, di en el clavo!, es decir, cuando dice que las malditas nubes se han colocado exactamente como él había imaginado que se colocarían en un cielo despejadísimo y azul oscuro, es eso?, cuando todo encaja?, lo de dentro refleja lo de fuera y dices, tío, esto sí! Pero dónde encajan las notas, dónde encajan los aporreos que el tipo este de cara de sapo le mete a las últimas teclas del piano. Es como si ya existiesen o como si todo lo que llevan dentro (esa carga imposible, de verdad, jodidamente imposible de entender) existiese de antemano, o como si sólo se pudiesen comprender como existentes, y todo lo demás quedase colgando como el humo de mi abuelo muerto, flotando en una nube de millones de gotitas de semen, esperando a ser cogido. Qué asco.
Aunque en realidad, así mirándolo en perspectiva, qué maravilla.
DESCARGAR
La piel te bulle, lo que quiere decir que lo de más adentro sube y lo de más arriba baja hasta posarse: la superficie arde, SÍ!, porque en la piel cae hacia arriba y flota haca abajo. Joder, éxtasis. Y nada de drogas, por lo menos hasta aquí. Quizá alguna seta cuando bajaba el camino del bosque y había ardillas mordisqueando muy cerca, por probar, ya sabes, el regustillo que te dice: eh!, todo está conectado y no te enteras!!! Éxtasis.
Algo de eso debe ser lo que escuchas, porque las notas no están así como así puestas como si alguien que no se entera dijese: qué bien suena. Me pregunto si alguna vez esa nota tan sostenida en el aire no existió. Menuda chorrada, como decía siempre el abuelo, apoltronado en la mecedora. Supongo que para él todo era sostenido porque el humo de la pipa se le quedaba como flotando y el muy guarro a veces escupía hacia un lado como si viviese en el jardín de alguna casona colonial. Pero eso es éxtasis? Digo, pero creo que no. El flow no te sube, ya sabes, si sólo estás en la mecedora como un jodido esquimal que no caza morsas y sólo espera. Los esquimales sí tienen flow, pero no tengo ni idea de cómo llegan a tenerlo las notas. Las notas se mueven? Con estas cosas me empiezo a marear y por un momento me digo, baja al camino del bosque otra vez a ver si cazas algún alce con mirada de, eh tío, estoy perdido por el mundo, y cara un poco de bobalicón y a ver si encuentras más setas por los lados y dices, esto sí, coño, esto es éxtasis!!
Porque puede ser cualquier cosa, no? Podría serlo, el hombre del tiempo por ejemplo, tiene cara de gilipollas, pero conoce el movimiento de las nubes aunque sea por aproximación y cuando dice, toma!, di en el clavo!, es decir, cuando dice que las malditas nubes se han colocado exactamente como él había imaginado que se colocarían en un cielo despejadísimo y azul oscuro, es eso?, cuando todo encaja?, lo de dentro refleja lo de fuera y dices, tío, esto sí! Pero dónde encajan las notas, dónde encajan los aporreos que el tipo este de cara de sapo le mete a las últimas teclas del piano. Es como si ya existiesen o como si todo lo que llevan dentro (esa carga imposible, de verdad, jodidamente imposible de entender) existiese de antemano, o como si sólo se pudiesen comprender como existentes, y todo lo demás quedase colgando como el humo de mi abuelo muerto, flotando en una nube de millones de gotitas de semen, esperando a ser cogido. Qué asco.
Aunque en realidad, así mirándolo en perspectiva, qué maravilla.
DESCARGAR
viernes, 7 de febrero de 2014
Grant Green - Nigeria
Es la caza del sonido, uno tras otro se descomponen en los
pasos y las zancadas y las hortensias que se quedan a los lados del camino: una
expresión. Él se cayó de la bici cuando era pequeño y dijo que nunca más
montaría sobre las ruedas que no fuesen él. Él es su guitarra. Sus dedos son
marcapasos de un corazón que recorre las llanuras y las selvas con la escopeta
en sus ojos y esto no es una descripción sino un recuerdo. A veces iba despacio
y se marcaba entre los gritos de su colega al piano que iba realmente puesto de
algo muy fuerte y duro (y que apenas duró unos meses más, pobre Sonny), y a
veces iba tan rápido que las notas no se distinguían aunque fuesen siempre las
mismas, su marca (su sello en las postales desde Indonesia), el hombre Swing,
la llama escondida dentro y fuera porque lo que él hacía era transformar los
fondos en superficies: todo salía, no quedaba nada dentro salvo un trago de
saliva y molares y a lo mejor un intestino delgado perdido en su armazón. El
sentido nunca se descompuso para él y siempre fue el mismo por mucho que
cambiase de acompañante.
Le recuerdo en aquel bar perdido en las montañas, ya
suficientemente borrachos, cuando hablaba del lince que quería atrapar con dos
dedos y un hilo transparente, se lo había olvidado en casa, decía, pero no
importaba si había el ritmo de las huellas en la nieve. Tenía una amigo que
siempre le acompañaba y siempre iba descalzo, llevando una cantimplora
amarilla llena de brebajes que preparaba con agua de transatlánticos y líquido
para revelar. Les acompañé el día de caza y nos levantamos muy pronto, todavía
con las legañas que colgaban y el dolor en los brazos de levantar jarras
gigantes. Había grupos de niñas de excursión en la primera montaña y los profesores nos señalaban al
pasar con susurros de admiración y miedo: van a la caza, decían (o eso creí yo
siempre), no os acerquéis puede ser peligroso, mientras nos alejábamos por un camino que no era camino
y yo les veía borrosos por delante, sin machetes ni armas abriéndose paso por
los zarzales con las botas llenas de fango y las chaquetas que llegaban hasta
las nubes. En la segunda montaña les perdí y ellos ya no estaban. Había un olor a
gasolina y quizá un poco de comino en el aire, el comino con el que siempre
sazonaba cualquier comida que preparase y que le daba a su casa un ambiente de lavandería
mística y brumosa. Busqué rastros y pisadas, yo no tenía cuchillo pero había
dientes por el suelo y, más allá, al fondo de un claro, el cuerpo delgado y pisoteado de un tigre
blanco y gigante con las rayas rojizas que todavía parecía mirar las estrellas
con los ojos entornados. Grant lo había conseguido!, creo que grité hacia dentro y
hacia fuera, para buscarlos. Seguí caminando y llegué hasta la cima llena de nieve y de cascabeles que chillaban con el viento. Ahí estaba
él, atado, yaciente sobre una manta de pelos de conejo con dos cuerdas de
guitarra en los labios y un hilillo de sangre que le partía el dedo índice en
dos.
Cuando los médicos lo recogieron, y yo seguía allí, él seguía sonriendo aun con los ojos cerrados, entre la
victoria de ambos lados que era mucho más que la muerte, o que era lo mismo.
Del otro tipo, del hombrecantimplora con alcohol destilado, nadie habló nunca, y sus pisadas no se descubrieron. Por eso iría
descalzo pensé, aunque quizá tampoco hubiese existido más que entre los dedos y
las grietas de mi amigo, mientras tocaba un blues y se quedaba vacío con un
susurro entre los labios y una gota de cerveza colgando de sus muñecas. Descalzo en el swing, muerto de apoteosis.
jueves, 23 de enero de 2014
Dusko Goykovich - Ten to Two blues
Busco a la hija del viejo pescador, ¿puede ayudarme?
Algunos dicen que cayó de la barca porque vislumbró un cocodrilo (un coyote) entre las algas del fondo del río y se lanzó, de cabeza, detrás de todo lo que allí se podía esconder. Piedras preciosas, azafrán oloroso peces de colores fosforitos que rozaban sus muslos desnudos, sus pezones apenas cubiertos por dos piedras romas buceando hacia alguna esquina, una ribera, un estanque.
¿Quizá fue adoptada por los robles de la orillas que guardaron un espacio dentro de sus troncos para ella?
Quizá las ramas la acogieron y los peces la devoraron porque vería lo que nadie más: es peligroso, cuidado!, ¿la has visto? Quizá no sea ella, por eso la busco, quizá sólo sea otra: Otra, ¿OTRA? Cualquiera: cajeras de supermercado tienen sus ojos, la china que corta las uñas en la esquina sentada en un taburete de un sólo pie (puede ser ella, los rulos cayendo en la sien), las mujeres que aguardan en el metro la estación perdida: faldas de tubo maletines de caimán, ¿dónde te has metido? Esa chica en la sala de cine mordiéndose las uñas rabiando entre el escote una canción Agrabá me recuerda a ti y a tus sueños cuando te metías en la cama en un ovillo y decías: que vengan que vengan y enseguida te dormías esperando a los gordos cazadores de tesoros y las mujeres negras y la hoguera que aparecía vislumbrada tan sólo para ti.
La canción decía que tu padre cantaba un blues con un cigarro cogido del bigote, no había cervezas pero había expectación. La canción decía que tu padre venía de tierras lejanas como un jinete con leyendas en la espada y un huevo duro para comer, las melenas enredadas entre huesos de perros que se agarraban a su espalda para seguir la estela: tu padre era la canción, ¿verdad?
Quizá por eso te tiraste, para seguir la historia de los hilos, persiguiendo al coyote (el cocodrilo) que nadaba en un río a las afueras de la ciudad mientras el hilo de pescar seguía quieto, en calma, como suspendido, y tu padre cerraba los ojos porque eso era lo que había de suceder y estaba marcado en los pelos de su barriga desde el principio de los huevos en alta mar.
Había dos tormentas y la ciudad se sacudía con las mantas. En las calles la gente mira extraño cuando pregunto por la hija del viejo pescador, ¿dónde está, la han visto? Lleva muerta ocho siglos, idiota!!
Niego con la cabeza. No es que nunca la encontrasen, no es que su cuerpo apareciese en el interior de un oso pardo de dos metros de cola. El tiempo no pasa, dice su padre. Ella sigue siendo la misma. Y su sombra se esconde entre los árboles. Más allá de las nubes. Detrás. Bajo de las piedras del río Nim.
¿La has visto?
Lo sabrás.
DESCARGAR
Algunos dicen que cayó de la barca porque vislumbró un cocodrilo (un coyote) entre las algas del fondo del río y se lanzó, de cabeza, detrás de todo lo que allí se podía esconder. Piedras preciosas, azafrán oloroso peces de colores fosforitos que rozaban sus muslos desnudos, sus pezones apenas cubiertos por dos piedras romas buceando hacia alguna esquina, una ribera, un estanque.
¿Quizá fue adoptada por los robles de la orillas que guardaron un espacio dentro de sus troncos para ella?
Quizá las ramas la acogieron y los peces la devoraron porque vería lo que nadie más: es peligroso, cuidado!, ¿la has visto? Quizá no sea ella, por eso la busco, quizá sólo sea otra: Otra, ¿OTRA? Cualquiera: cajeras de supermercado tienen sus ojos, la china que corta las uñas en la esquina sentada en un taburete de un sólo pie (puede ser ella, los rulos cayendo en la sien), las mujeres que aguardan en el metro la estación perdida: faldas de tubo maletines de caimán, ¿dónde te has metido? Esa chica en la sala de cine mordiéndose las uñas rabiando entre el escote una canción Agrabá me recuerda a ti y a tus sueños cuando te metías en la cama en un ovillo y decías: que vengan que vengan y enseguida te dormías esperando a los gordos cazadores de tesoros y las mujeres negras y la hoguera que aparecía vislumbrada tan sólo para ti.
La canción decía que tu padre cantaba un blues con un cigarro cogido del bigote, no había cervezas pero había expectación. La canción decía que tu padre venía de tierras lejanas como un jinete con leyendas en la espada y un huevo duro para comer, las melenas enredadas entre huesos de perros que se agarraban a su espalda para seguir la estela: tu padre era la canción, ¿verdad?
Quizá por eso te tiraste, para seguir la historia de los hilos, persiguiendo al coyote (el cocodrilo) que nadaba en un río a las afueras de la ciudad mientras el hilo de pescar seguía quieto, en calma, como suspendido, y tu padre cerraba los ojos porque eso era lo que había de suceder y estaba marcado en los pelos de su barriga desde el principio de los huevos en alta mar.
Había dos tormentas y la ciudad se sacudía con las mantas. En las calles la gente mira extraño cuando pregunto por la hija del viejo pescador, ¿dónde está, la han visto? Lleva muerta ocho siglos, idiota!!
Niego con la cabeza. No es que nunca la encontrasen, no es que su cuerpo apareciese en el interior de un oso pardo de dos metros de cola. El tiempo no pasa, dice su padre. Ella sigue siendo la misma. Y su sombra se esconde entre los árboles. Más allá de las nubes. Detrás. Bajo de las piedras del río Nim.
¿La has visto?
Lo sabrás.
DESCARGAR
jueves, 16 de enero de 2014
Mulatu Astatke - Ethiopiques
Son cuerpos, ¡cuerpos!, que parecen plastilina, goma de mascar, que se estiran y se retuercen y se disuelven en el barro para luego volver a lanzar la piedra, recogerla, tragarla, comer: ¡son cuerpos!, y tienen que comer.
No sé por qué siempre les veo en el barro, el barro de dos estacas clavadas en profundidad mística o desconocida (el misterio), y sus movimientos que son de plastilina o de LSD o de formas en sí lánguidas pero con una fuerza que viene de no sé dónde (¿dónde?) hacia no sé qué (hacia el barro desde el barro probablemente), pero en sí: imaginad, un pedazo de cera derretida que se bambolea y se sacude y suelta un gemido lleno de ángeles y de botellas de aguarrás, un gemido de árboles pantanosos y de porros de mariguana y sexo sin piedad (¿es eso el barro?), para luego derretirse del todo como una sopa en el barro y volver a salir de él en un acompañamiento pasivo (ojo, que no incestuoso), del tema principal.
Lo importante es la fuerza. Y la fuerza es movimiento. Acción. Por mucho que sea un desvío en una encrucijada donde la izquierda lleva a la muerte y la derecha lleva a la muerte y el centro es la muerte (¿es eso el barro?), ellos se mantienen y eligen la dirección sur suroeste, intransitada por supuesto, que ni siquiera es un camino y tampoco es una dirección, abriendo matorrales con una daga que ni siquiera pincha, imaginad, una daga, literalmente, sujeta por plastilina: ¿debe eso resistir? Eso es lo más fuerte, lo único que aguanta porque se descompone y vuelve a nacer.
Resurrección: al fin y al cabo, una sonrisa. Resurrección, desde el barro. Un soplo de viento, una flauta tranquila: quietud, no más golpes de puertas, sólo quieren sonido: el gemido de la resurrección.
Mientras los escucho eso es lo que sale con la guitarra y el saxo: una barra de pan fresco: ene alantchi alnorem mi amor, quiero revolcarme en el barro y salir como una pieza de juguete o un trozo de cera derretida, una botella de coñac, ¡un pedazo de sobrasada sangrante! Un pedazo de la comida de las profundidades, del barro al barro, con todos ustedes.
DESCARGAR
No sé por qué siempre les veo en el barro, el barro de dos estacas clavadas en profundidad mística o desconocida (el misterio), y sus movimientos que son de plastilina o de LSD o de formas en sí lánguidas pero con una fuerza que viene de no sé dónde (¿dónde?) hacia no sé qué (hacia el barro desde el barro probablemente), pero en sí: imaginad, un pedazo de cera derretida que se bambolea y se sacude y suelta un gemido lleno de ángeles y de botellas de aguarrás, un gemido de árboles pantanosos y de porros de mariguana y sexo sin piedad (¿es eso el barro?), para luego derretirse del todo como una sopa en el barro y volver a salir de él en un acompañamiento pasivo (ojo, que no incestuoso), del tema principal.
Lo importante es la fuerza. Y la fuerza es movimiento. Acción. Por mucho que sea un desvío en una encrucijada donde la izquierda lleva a la muerte y la derecha lleva a la muerte y el centro es la muerte (¿es eso el barro?), ellos se mantienen y eligen la dirección sur suroeste, intransitada por supuesto, que ni siquiera es un camino y tampoco es una dirección, abriendo matorrales con una daga que ni siquiera pincha, imaginad, una daga, literalmente, sujeta por plastilina: ¿debe eso resistir? Eso es lo más fuerte, lo único que aguanta porque se descompone y vuelve a nacer.
Resurrección: al fin y al cabo, una sonrisa. Resurrección, desde el barro. Un soplo de viento, una flauta tranquila: quietud, no más golpes de puertas, sólo quieren sonido: el gemido de la resurrección.
Mientras los escucho eso es lo que sale con la guitarra y el saxo: una barra de pan fresco: ene alantchi alnorem mi amor, quiero revolcarme en el barro y salir como una pieza de juguete o un trozo de cera derretida, una botella de coñac, ¡un pedazo de sobrasada sangrante! Un pedazo de la comida de las profundidades, del barro al barro, con todos ustedes.
DESCARGAR
domingo, 29 de diciembre de 2013
Hank Jones - Upon Reflection
Su madre la llamaba por cuarta vez escupiéndole al oído, apaga esa música y ven a comer!
Su padre se acercaba con las botas de hierro y rompía el silencio de su pelo, pareces una morsa seca hija mía.
Su hermana se acurrucaba en la ventana abierta, con las lágrimas como palabras que gritaban, si no me haces caso me derrito como una princesita triste que seré.
Sus hermanos caían por los suelos chillando ven! ven!, y luego, corre!, corre!, y luego, vete al pairo!, mójate o eres tonta!, cataplasma descompuesto!, estropicio de algas verdes! Y chillaban sudando el esputo que luego tiraban al suelo: has sido tú!
Y ella, a veces, cuando por fin estaba sola porque la siesta caía sobre la casa como un consuelo, casi como un sacrificio, sonreía ligera sobre la cama casi como sollozando en la sonrisa, y se metía despacio un dedo entre sus piernas; entonces la veías sonreír un poco más y su cuerpo se hundía entre las colchas y a veces gemía contrayendo la almohada y las venas del cuello se extendían como medias y cerraba los ojos como cuando se sentía reinando bajo la ducha que la envolvía: saltando y gimiendo en la cama y frotando y metiendo cada vez más dedos que se hundían entre sus piernas hasta que ella misma, ella entera, ella ser, ya estaba ahí dentro: toda ella ahí dentro.
Entonces sí que la veías sonreír con todos los ojos y todas las piernas del mundo: sonreía mirando los calamares que se enroscaban entre sus pelos, los cuscurros de pan que flotaban muy despacio en esa especie de líquido pastoso que la envolvía allí dentro; a veces veía pasar un plato combinado de papas asadas y una pierna de cordero y ella comía tranquila hundiendo los dientes como si la vida sólo se hubiese hecho para eso; a veces veía una ballena blanca y gigante que llevaba banderas atadas en la cola y susurraba canciones de las divas que a ella más le gustaban; a veces y casi siempre encontraba una cueva oscura de paredes esponjosas y allí se escurría con los salmones que abrazaba y los erizos que le habían dicho los secretos para disolver las espinacas de su madre; y allí dormía: no soñaba: contaba hechizos a los niños alrededor de una hoguera: los niños contaban con los dedos: los dedos eran piruletas: los colores parecían amapolas: la hoguera seguía crepitando: los niños dormían abrazándose a sus lados como un castillo de naipes que se desmorona sobre una sola carta en pie que permanece, dónde?, decía despertando la cueva, dónde? y las llamas las miguitas de cuscurros que se esparcían en su lecho, cómo?, buscando la grieta que llevaba arriba-abajo en un tiempo que no se puede comprender.
La primera vez que encontró la grieta pensó que allí las cosas sólo podían subir, hasta que la grieta también fue su grieta y pensó que también las hojas y las ramas podían bajar y se sumergió hasta al fondo diciéndose en el buceo: abajo-arriba, ser dormida como ser los dedos pues la alcachofa no se arrima y la casa es calabozo, catapúm chimpón, búscate la vida o búscate un negocio, nadie se santigua por tus días, nadie se preocupa por tus ojos, encuentra la pócima el ámbar la costura que se enrede con las cosas y las cosas convertidas puedan ser lo realmente hermoso.
DESCARGAR
Su padre se acercaba con las botas de hierro y rompía el silencio de su pelo, pareces una morsa seca hija mía.
Su hermana se acurrucaba en la ventana abierta, con las lágrimas como palabras que gritaban, si no me haces caso me derrito como una princesita triste que seré.
Sus hermanos caían por los suelos chillando ven! ven!, y luego, corre!, corre!, y luego, vete al pairo!, mójate o eres tonta!, cataplasma descompuesto!, estropicio de algas verdes! Y chillaban sudando el esputo que luego tiraban al suelo: has sido tú!
Y ella, a veces, cuando por fin estaba sola porque la siesta caía sobre la casa como un consuelo, casi como un sacrificio, sonreía ligera sobre la cama casi como sollozando en la sonrisa, y se metía despacio un dedo entre sus piernas; entonces la veías sonreír un poco más y su cuerpo se hundía entre las colchas y a veces gemía contrayendo la almohada y las venas del cuello se extendían como medias y cerraba los ojos como cuando se sentía reinando bajo la ducha que la envolvía: saltando y gimiendo en la cama y frotando y metiendo cada vez más dedos que se hundían entre sus piernas hasta que ella misma, ella entera, ella ser, ya estaba ahí dentro: toda ella ahí dentro.
Entonces sí que la veías sonreír con todos los ojos y todas las piernas del mundo: sonreía mirando los calamares que se enroscaban entre sus pelos, los cuscurros de pan que flotaban muy despacio en esa especie de líquido pastoso que la envolvía allí dentro; a veces veía pasar un plato combinado de papas asadas y una pierna de cordero y ella comía tranquila hundiendo los dientes como si la vida sólo se hubiese hecho para eso; a veces veía una ballena blanca y gigante que llevaba banderas atadas en la cola y susurraba canciones de las divas que a ella más le gustaban; a veces y casi siempre encontraba una cueva oscura de paredes esponjosas y allí se escurría con los salmones que abrazaba y los erizos que le habían dicho los secretos para disolver las espinacas de su madre; y allí dormía: no soñaba: contaba hechizos a los niños alrededor de una hoguera: los niños contaban con los dedos: los dedos eran piruletas: los colores parecían amapolas: la hoguera seguía crepitando: los niños dormían abrazándose a sus lados como un castillo de naipes que se desmorona sobre una sola carta en pie que permanece, dónde?, decía despertando la cueva, dónde? y las llamas las miguitas de cuscurros que se esparcían en su lecho, cómo?, buscando la grieta que llevaba arriba-abajo en un tiempo que no se puede comprender.
La primera vez que encontró la grieta pensó que allí las cosas sólo podían subir, hasta que la grieta también fue su grieta y pensó que también las hojas y las ramas podían bajar y se sumergió hasta al fondo diciéndose en el buceo: abajo-arriba, ser dormida como ser los dedos pues la alcachofa no se arrima y la casa es calabozo, catapúm chimpón, búscate la vida o búscate un negocio, nadie se santigua por tus días, nadie se preocupa por tus ojos, encuentra la pócima el ámbar la costura que se enrede con las cosas y las cosas convertidas puedan ser lo realmente hermoso.
DESCARGAR
martes, 17 de diciembre de 2013
Ahmad Jamal - Ahmad's Blues (complete live at the Sptolite Club)
El pianista invisible toca sólo con la mano izquierda y desaparece cuando le da la gana; no hace falta, dice, espera, que me voy a por un cucurucho de papas fritas, mientras el del bajo sigue con la mirada fija en una mancha del cártel de la línea azul y la batera el mismo ritmo que marca saltando ovejas, hasta que, zas!, vuelve al piano y, zas!, cambio de ritmo!
No tiene mucho sentido, pero yo le miro en uno de esos túneles de metro larguísimos y desguazados, es decir, miro su espacio, y pienso: esta es la canción más larga del mundo, y mientras lo digo no puedo dejar de mover las piernas como si tuviese catalepsia, la canción más infinita e invisible del mundo porque puede ser todas las que quiera y sólo hace falta la mano izquierda dándole al manubrio para que salga por una esquina y vuelva por la de más allá. De verdad, es como el correcaminos dejando una estela entre las montañas rocosas, lo que pasa que aquí el espacio es siempre el mismo y el pianista invisible siempre vuelve al mismo lugar porque siempre tiene que seguir tocando pero su sonido hace eso: corre que te pillo dejando una huella donde estuvo, el hueco vacío por donde no puede volver a pasar!, como si sacásemos de una mazorca todos los granitos y ya, claro, no los podemos volver a comer, pero tampoco los comimos, así que dónde están? Yo digo que en el bar tomándose una cerveza bien tirada, de esas de golpe en la barra para que la espuma suba, aunque mis amigos dicen que siempre es pacharán, pero no les hago ni caso, el pacharán es para las noches de niebla y fiebre y la cerveza es lo que los pianistas invisibles y sus sonidos toman en los bares del metro, que todavía existen, se apoyan en las esquinas de las barras y aspiran el olor a tostadas y miran el escote de la camarera que es un poco bizca pero con los labios pintados de azul no hay quien la quiera más. Por eso, cuando pasas por el túnel larguísimo y destartalado de la línea azul, puede que él esté ahí o no, objeto ausente o presencia invisible, pero seguro, de verdad, que si te paras un instante y pegas el oído a una pierna y miras al batera con cara de insomnio y al bajo que parece sonámbulo, el sonido aparecerá, aunque esté dando vueltas estará ahí y podrás escuchar la canción más larga del mundo, y entonces, sólo entonces, entre tus manos tendrás la mazorca gigante con todos los granos amarillos más gordos que nunca se han visto y, si quieres, te los comes, aunque yo siempre me los guardo para la noche, debajo de la almohada, por si acaso, en sueños.
DESCARGAR
No tiene mucho sentido, pero yo le miro en uno de esos túneles de metro larguísimos y desguazados, es decir, miro su espacio, y pienso: esta es la canción más larga del mundo, y mientras lo digo no puedo dejar de mover las piernas como si tuviese catalepsia, la canción más infinita e invisible del mundo porque puede ser todas las que quiera y sólo hace falta la mano izquierda dándole al manubrio para que salga por una esquina y vuelva por la de más allá. De verdad, es como el correcaminos dejando una estela entre las montañas rocosas, lo que pasa que aquí el espacio es siempre el mismo y el pianista invisible siempre vuelve al mismo lugar porque siempre tiene que seguir tocando pero su sonido hace eso: corre que te pillo dejando una huella donde estuvo, el hueco vacío por donde no puede volver a pasar!, como si sacásemos de una mazorca todos los granitos y ya, claro, no los podemos volver a comer, pero tampoco los comimos, así que dónde están? Yo digo que en el bar tomándose una cerveza bien tirada, de esas de golpe en la barra para que la espuma suba, aunque mis amigos dicen que siempre es pacharán, pero no les hago ni caso, el pacharán es para las noches de niebla y fiebre y la cerveza es lo que los pianistas invisibles y sus sonidos toman en los bares del metro, que todavía existen, se apoyan en las esquinas de las barras y aspiran el olor a tostadas y miran el escote de la camarera que es un poco bizca pero con los labios pintados de azul no hay quien la quiera más. Por eso, cuando pasas por el túnel larguísimo y destartalado de la línea azul, puede que él esté ahí o no, objeto ausente o presencia invisible, pero seguro, de verdad, que si te paras un instante y pegas el oído a una pierna y miras al batera con cara de insomnio y al bajo que parece sonámbulo, el sonido aparecerá, aunque esté dando vueltas estará ahí y podrás escuchar la canción más larga del mundo, y entonces, sólo entonces, entre tus manos tendrás la mazorca gigante con todos los granos amarillos más gordos que nunca se han visto y, si quieres, te los comes, aunque yo siempre me los guardo para la noche, debajo de la almohada, por si acaso, en sueños.
DESCARGAR
Suscribirse a:
Entradas (Atom)